Juan Terranova
Ser Porteño

Hablar de los méritos técnicos de Graciela Ieger y Julio Racioppi implica describir sus obras y esa descripción comporta una narración urbana, sensual, fragmentaria. Por momentos podemos percibir que la técnica, virtuosa y cálida a la vez, lo abarca todo. Climas y retratos se desarrollan señalando momentos de Buenos Aires que reconocemos como propios. Pero la técnica no lo abarca todo. Es un puente, sólido pero un puente al fin, para algo más. ¿Y qué es, dónde está, ese algo más? Si conocemos Buenos Aires nos encontramos en las escenas de Ieger y Racioppi. Se presenta así una lógica del reencuentro. Nuestro ojo argentino, no solo porteño, lo sabe. Está educado en la neurosis, en el vértigo y también, para sorpresa de los lugares comunes, en el reposo de nuestra arquitectura. Sin embargo, al mismo tiempo, de estas obras nos impacta un extrañamiento que no esperamos. ¿De dónde surge? A veces de cierto vacío, a veces de la paleta elegida, de los tonos, de las sombras.

Escenas, escenarios, escenografías y paisajes se funden en un solo momento, por lo general íntimo aunque parezca público o suceda en un espacio abierto. A ese desafío, astuto y gentil, se suma la combinación de estados de ánimo con la mirada sobre el transporte público o la calle señalada en una continuidad. Melancólicamente, habitamos la ciudad y la ciudad, amable o agresiva, nos habita.

Si uno de los grandes inventos de las artes plásticas es el marco -el otro podría ser la perspectiva-, tanto Racioppi como Ieger lo usan para recortar nuestra experiencia y detener nuestra rutina. Su mérito al hacerlo es importante. Las obras de Graciela Ieger y Julio Racioppi nos acercan una alegría, lenta, sutil. En cada uno de nosotros queda la responsabilidad sincera de disfrutarla.

 

Juan Terranova, Buenos Aires, septiembre del 2017.-