Prólogo a la muestra en Galería Ursomarzo. Buenos Aires, junio de 2001
Por Raúl Santana

El realismo, designación que deja mucho que desear, pues hay tantos realismos como cultores,  ha sido y es un perpetuo bajo continuo en la historia de las artes visuales. Cuestionado, rechazado, escarnecido por aquellos que fueron ganados por la prédica del abandono del referente, prédica que tuvo su gran momento en las primeras décadas del siglo XX, sigue, no obstante, el realismo teniendo sus reapariciones. Pareciese que la realidad, ese ritmo y esa particular manera de andar que es atributo de cada época, siguen constituyendo un alimento indispensable para aquellos artistas que, dentro del mundo de las representaciones, buscan desentrañar su propio sentimiento, a través de ese referente que es la vida cotidiana.
Graciela Ieger que desde hace muchos años viene elaborando su propio imaginario a partir de sus visiones de la vida de la ciudad, no es (una) artista que se detenga a desentrañar lo real por su descriptiva, basta observar cualquiera de sus cuadros para percibir que, más que una descripción, en ellos se trata de la captura de un clima que la artista transmite con sus representaciones para constituir un verdadero enclave de equivalencias visuales. Dicho en otros términos, las imágenes de Ieger parten de lo real (que es absolutamente reconocible) pero nos conducen a otra parte, a ese sentimiento de la artista que a todo lo sumerge en una realidad que erradicó los contrastes. Las figuras quedan entre sombras o entre sus propias sombras y se hace difícil comprender por qué esas sombras, producidas por una fuerte luz convocan esa sensación de vacío que emana de sus cuadros. En efecto, esos fragmentos de arquitecturas cantan sus propios ritmos, ajenos a las figuras que circulan por las calles. Hay un silencio que, no obstante las a veces ruidosas presencias de la calle, la artista transmite en cada obra, como si hubiera deslindado la incomunicación y el misterio que, efectivamente, a cada instante, con una mirada más que esporádica, rodea la vida de la ciudad.
Ocurre que la artista adopta puntos de vista que hacen de lo familiar algo que se presenta con la potencia de lo extraño y es necesario decir que Ieger no hace montajes (lo que podría hacer insólito lo real), la artista encuentra en lo visible esas ficciones mínimas como el paso de una mujer o un hombre por la calle que nos hacen pensar esa eterna frase de que no hay ficción que se pueda comparar a la vida.