Diario "La Nación". Buenos Aires, julio de 2001 Por Rafael Squirru

Pensando en Hopper

 A partir de una sólida formación académica (buen dibujo que marca la probidad del arte), Graciela Ieger plasma imágenes del paisaje urbano, preferiblemente del microcentro. Su pintura se inserta en esa tradición de nobleza que la emparienta con un Edward Hopper, algunas de cuyas aguafuertes me recuerdan ese personaje solitario, perseguido por su sombra, captado desde arriba. Se trata de un arte que exige la mayor de las participaciones; no la de ejercicios más o menos caprichosos, sino la de la contemplación. Apelar al nervio óptico del espectador y a sus ramificaciones cerebrales de tal modo que no quede exento de ese acto participativo, su capacidad pensante aunada a su sensibilidad. Ya Leonardo nos advirtió que "L'arte è cosa mentale". No es necesario que el espectador haga el trabajo del artista; lo que se le pide es que se concentre, que contemple con atención, si es que pretende penetrar un mundo como el que nos propone esta artista.

Ieger emplea una paleta con la firmeza del color que acompaña la forma, sin demasiadas licencias poéticas. Ella no fantasea, imagina; esto es, proyecta imágenes que nos hacen ver con mayor claridad esa realidad que creíamos conocer fácilmente. Ahora nos damos cuenta de que no era tan fácil y que, a partir de la visión propuesta, es mucho mayor el radio que abarca nuestra conciencia.