Diario "La Nación". Buenos Aires, julio de 2002 Por Rafael Squirru

 

Enigmas Urbanos

 

El arte de Graciela Ieger nos trae a la memoria la profunda observación de Goethe de que toda idea nueva para aspirar a lo perdurable debe apoyarse en alguna verdad anterior. Los óleos de Graciela llevan el sello inconfundible de la originalidad, lo que a mi juicio significa que han sido capaces de remontarse al origen. En el arte no se inventa, se crea, se explora en este caso lo misterioso a partir de lo cotidiano, que no todos son capaces de penetrar. El misterio es lo que está oculto, son las esencias más allá de las apariencias.

 

Y Ieger no les escapa a las apariencias, las asume, las indaga con una imaginación poderosa,una potencia anímica que muchos confunden con fantasía a pesar de la distinción que ya hiciera Coleridge: la fantasía puede ser caprichosa, la imaginación, no. Por eso para alcanzar el verdadero nivel de imagen es necesaria la capacidad de imaginar, no basta con fantasear como pretende tanto advenedizo que confunde originalidad con no parecerse a nadie. Quien a nadie se parece asume la fatalidad de no ser nadie. Todo arte que merezca el nombre de tal entronca con alguna tradición; en el caso de Graciela, la tradición es hopperiana. Uno de los genios del arte moderno se llamó Edward Hopper. Tuve el privilegio de conocerlo y escuchar sus sabias palabras. Su arte se emparentaba con la tradición de Eakins y a través de Eakins con el mundo de los clásicos, bien que con el sello norteamericano. También lo nuestro tiene su propio sello; por eso la luz que reflejan las obras de Ieger es luz argentina, luz porteña, en esos días de sol que golpean los perfiles de los caminantes y en muchos casos están acompañados por la proyección de sus sombras. Las calles de Buenos Aires han sido captadas por un nervio óptico muy preciso, Ieger es una pintora clásica en el más noble sentido de la palabra.