Buenos Aires Herald. Buenos Aires Junio de 2007
Por Alfredo Cernadas
Graciela ieger: Sensible

Cuando termina la diaria corrida de la semana en la ciudad, ese centro de actividad de ratas se convierte en una especie de gigantesca  ciudad fantasma  en la cual la vista de una persona deviene en la excepción más que en la regla.
Rara vez un sujeto inspirador, uno piensa que está a contramano. A menos que uno sea una artista  con la sensibilidad del alma de Graciela  Ieger. Ella echa una suave luz dorada de mañana de domingo que cuida la prohibida  y masiva estructura de los edificios del nuevo milenio que ahora habitan  bancos vacíos  y oficinas, a los cuales ella convierte en lugares de serenidad  y  lírica  belleza.
La paleta raya en monocromos pero sorprendentemente no es árida .A lo mejor, su maestra manipulación de las líneas puras dibujadas que forman esos volúmenes  están más que casualmente relacionados al resultado.
El tiempo parece haberse detenido.
Ieger es sin dudas una maestra de la luz y la sombra  que juega con las frías construcciones arquitectónicas y las convierte casi en castillos de cuentos y fortalezas.
O conventos, como los arcos de las impresionantes  y oscuras arcadas de Paseo Colón sugieren.
El sentimiento de desierto está acentuado por la inesperada  visión de un solitario, inesperado pasante, su cuerpo en la sombra, con sólo  la cabeza y los hombros alineados por el rayo de sol que brilla adelante y atrás de él. Gente también aparece en los otros cuadros, solitarios anónimos, vistos desde arriba, caminando, haciendo un mandado. Sin advertirles, la artista obtiene un cierto dinamismo usando inesperadas perspectivas. Y algunas veces, la polaina de una persona, hombre o mujer apura. Pero no mucho, no tanto como para interrumpir la calma que Ieger nos brinda en sus obras.
Osvaldo  Mastromauro ha dicho correctamente que Ieger escribe un poema  cuando pinta. No puedo yo coincidir mejor con esta idea.