Osvaldo Mastromauro
Bs As, otoño del 2007

Prólogo a  Muestra individual en la “Galería de la Recoleta” 2007

Graciela Ieger
La licencia del orden


cada fragmento de la luna rota se vuelve entonces implacable espejo

Leopoldo Lugones *

La figura urbana, con aire de solitudo**, se impone en las telas de Graciela Ieger como música de cámara, su escorzar figuras es como esconder el tiempo, que se muestra – paradojalmente- casi congelado, a través del dibujo preciso y enfoque exactos. Esta suerte de suspensión hace emerger no sólo la mirada velada, sino también en ella la situación vital de los “apresentados”, su “estar presente”***, contrapunteada por la apertura a planos de visión cuyas fugas juegan a contraluz. El edificio gravita, se impone – rotundamente – en un espacio que no termina de disolverse , ya que es luego vuelto a armar: esta relación entre quietud y movimiento, con cierta momentánea dilación,  son un marcaje donde la distancia y mensura constituyen parte de un algoritmo pitagórico.

Prima el valor en la luz,  allí donde la vibración del color alcanza un cierto absoluto en la entonación;  el paseante observa la ciudad, que a su vez lo contiene, en un ámbito donde los automóviles oscilan entre circular y estar detenidos, mientras los edificios rebotan y devuelven reflejos fractales. Lo habitual es revisitado por esta mirada nada ingenua, pero que tiene la gracia de parecerlo.

¿Qué se memora al ver los muros y calles, las señoras del barrio con su bolsa de compras, que interno efluvio esconde y mana de esa intensa quietud: quizás el movimiento de la vida contemporánea, atemperado en esos largos paredones, de líneas perfectas, presumible en la parábola que describe el pavimento….? . Surcos en la piedra, reflejos en los cristales de altísimos e inalcanzables edificios, dejan discurrir a un hombre en bicicleta que, descuidado, contribuye sin embargo al conjuro consistente en mostrar los motivos para esconder la matriz,  en esas calles abovedadas, con pequeños y ciertísimos toques de luz y de color.

 

Ieger escribe un poema cada vez que delinea y pinta un cuadro, esta presencia de las sombras o de un raro escorzo se tornan realidad visible, y allí tocamos un punto esencial- a mi parecer- de su obra: la visibilidad pasa de lo aparente real a grados de apariencia donde las opacidades, que un gramo de niebla obscurecerían, pueden sabiamente ser graduadas para que la luz, esa gran protagonista, despache en plenitud su esplendor.

Así, el alma escondida en lo urbano hace de un mero habitante, protagonista, aún en ausencia; pues es el callado interlocutor de estos circuitos que ella deletrea como un maravillosa lengua aún no descifrada ; ese alto cielo, el río que a veces discurre silencioso por detrás, suspende lo cotidiano, la presunta cercanía,  que no pueden ocultar la profunda y humanizada arquitectura – licencia del orden – que la pintora escande como un perfecto y sensible alejandrino lugoniano.

                                                                                                             

* Obras completas, Aguilar, 1974, pág. 877.
** solitudo: vida aislada o desamparada, Diccionario Spes de latín, 1958, pág. 471.
*** valgan las licencias, que aspiramos a que  Lugones, en la anterior, y Heidegger en ésta, no hubieran desaprobado.