POESIA EN LA JUNGLA DE ASFALTO
Por Alfredo Cernadas para el “Buenos Aires Herald”


Es innegable que Buenos Aires es una ciudad hermosa.  No sorprende que esta afirmación haya sido subrayada incontables veces por igual cantidad de artistas que recrearon la belleza de sus edificios y parques. Pero no toda esta metrópolis tiene rasgos memorables. Aún así algunos artistas extraen belleza hasta de las zonas y rincones más aburridos y olvidables. Como, por ejemplo, lo hizo Fortunato Lacamera, que obtuvo maravillas poéticas de lugares escasamente pintorescos, prácticamente monocromáticos de La Boca.  Hizo que la luz dominara al color e insufló vida nueva a sitios a los que nadie se hubiera molestado  en mirar, mucho menos a recrearlos en una obra de arte.
Como el gran maestro boquense, Graciela Ieger ha conseguido un logro similar con lugares aún menos atrayentes que los de ese emblemático  barrio. Eligió la jungla urbana grisácea de la City porteña, con paralelepípedos de cemento y vidrio en vez de árboles, poblada por autos y colectivos  que se desplazan abigarrados bajo un sol indiferente, que brilla en las ventanas e impide ver a sus ocupantes anónimos. Es un efecto verdaderamente fantasmagórico para el que no hacen falta  tinieblas.
Pero Ieger prefiere el silencio visual de la ausencia. La gran mayoría de sus calles y esquinas está desierta, no se ve a nadie aunque se adivine su presencia oculta. El efecto general es empecinadamente geométrico, las superficies están quebradas por ángulos rectos y perspectivas.  El vigoroso contrapunto de las superficies se convierte en un misterioso diálogo de volúmenes creados por el magistral dominio del claroscuro del que hace gala la artista.
En efecto, Las luces de Ieger son únicas: sutiles, levemente brumosas pero que definen masas sólidas, absolutas, sobre las que parecen sobrevolar un adagio de Piazzolla y el espíritu de Eward Hopper. Pero carentes de la atmósfera dura y fría del artista neoyorkino. El manejo de Ieger del volumen es acentuado por su paleta suave, casi monocroma, con la que obtiene contrastes definidos pero sutiles.


En esta muestra la artista se mide además con uno de los géneros más difíciles de lograr: el noctuno. Y lo logra brillantemente. O, más bien, poéticamente, con medios mínimos. La escena está compuesta por apenas unas pocas paredes de edificios modestos, de una sola planta y las esquinas que forman la calle, débilmente iluminada por un par de lámparas que cuelgan de un cable y dan una luz fantasmal que da a todo una atmósfera teatral.  Sobre todo porque es la hora gris que dará paso al amanecer, un momento poético y mágico. Como lo es el bálsamo para la vista y el espíritu que constituye la obra de Graciela Ieger.