buenos aires x ieger

Por Alberto Giúdici /prólogo

Cuando uno se acerca al mundo de Graciela Ieger, la sensación primera es de extrañamiento. Sus obras retratan recurrentemente un espacio urbano que nos es familiar: la ciudad de Buenos Aires, sus sitios emblemáticos, el microcentro, la apacibilidad de algunos barrios todavía no atacados por la piqueta, sus casas bajas, sus viejos faroles.

Sin embargo, pese a la familiaridad, opera en nosotros una desnaturalización de la mirada, en parte lograda por el vigoroso sentido constructivo; en parte, por el descollante tratamiento de la luz. Las líneas en fuga inevitable, las calles solitarias detenidas en un tiempo ausente, nos aproximan a cierta percepción de la pintura metafísica, que en la obra de Ieger implica una sutil alteración del mundo de las apariencias, entendido como el mundo de lo real.
Podría pensarse, entonces, que ese mundo reconocible es un paisaje interior. Un espejismo, una puerta abierta a los espacios inexplorados de la mente. (Pero, la arquitectura ciudadana, ¿es espacio de la mente?) Sí, en la medida en que la captación del mundo visible es filtrada por el cedazo de una fina sensibilidad artística.

Al mismo tiempo, la impronta del gran Edward Hopper transita su obra como ráfagas de un recuerdo. No se trata ni de citas ni de apropiaciones. Hay parentesco, empatía. Comunión de vivencias. “Hopper es  un gran referente, señala Ieger. Siento una gran afinidad con esos paisajes urbanos de edificios quietos, silenciosos; en la maestría con que trabaja las luces y sombras, en la poesía de lo cotidiano”.

El anochecer es tema en su más reciente producción. La misma retícula urbana, el mismo tiempo detenido. Los espacios, los silencios, conservan su carga melancólica. Pero la luz de algún semáforo o algún destello que todavía perdura en el horizonte tras los techos, tienen algo envolvente. Y a pesar de las tonalidades frías, hay una calidez apastelada que es como el acompasado respirar de un sueño. La noche alumbra una otra poesía más íntima, en Graciela Ieger. Una luz que acaricia las formas.