Una dialéctica de la ciudad

Calles del centro, esquinas de barrio, depósitos, transeúntes, colectivos. Quien lee esta enumeración pensará inmediatamente en la ciudad. Y se corresponde punto  por punto a las obras que Graciela Ieger presenta en su muestra. Sin embargo, no nos quedaríamos satisfechos. Una enunciación tan escasa no puede dar cuenta de la poesía con la que la artista ofrece su mirada sobre la ciudad, su visión poderosamente realista, la finura y precisión casi quirúrgicas en  el armado de vistas perspectivas, los climas y los cielos de eses azul pregnante y helado o la noche amable del barrio que nos recuerda la maestría de una pintora flamenca del siglo XVI que saliendo de su interior amado se las tiene que ver con un afuera que la fascina y que la inquieta y al que quiere dar imagen.
Pero hay algo más: un paisaje urbano es por lo general el escenario de las acciones humanas y cuando surge como pintura implica una experiencia estética que suma, a su manera, componentes éticos.
Ieger se asoma al mundo de una metrópolis  abigarrado por la suma de tiempos y espacios diversos como si a lo largo de sus años como cronista de la ciudad y de su gente  se enfrentase cada vez más a sus excesos. Como si la animase un profundo deseo  de invertir lo caótico contemporáneo y ese deseo la hiciese sacar de las calle a la gente, y a la gente de las calles.
¡Al menos podemos detenernos y contemplar y gozar sin confusión!
Queda entonces de la city solamente perspectiva y construcción, una visión a distancia que se transmuta en visión lúcida.
Esos corredores con arcos, esas calles con imponentes edificio neoclásicos, esas barracas  parecen suscitar en su despojamiento la experiencia que Freud llamara, de “lo ominoso“, lo familiar que se vuelve extraño. Este “operativo de limpieza“, este erradicar aquello que no tiene lugar o que lo perdió, convierte al paisaje urbano en un paisaje fantasmagóríco. Queda insinuado un mundo espectral donde la huella de lo humano tiene solo lugar en el reflejo de un maniquí en una vidriera.
Juego entonces  de presencia/ausencia sugerido como la propio de la experiencia citadina.
Juego dialéctico de imágenes, centro/barrio, city/depósitos, … y gente: los transeúntes sin su entorno, el barrio sin sus vecinos, los depósitos de las zonas fabriles sin obreros, el centro sin el ritmo enloquecido del mundo mercantil. 
Frente al desborde, fragmentación y distancia, una resistencia a la heterogeneidad, un profundo deseo de orden a costa de silencio y soledad.
¿Y los habitantes?, la vida queda en el movimiento de transeúntes  que cruzan la calle  -¿de dónde?¿hacia dónde?- capturados en su andar.
Con gesto soberano la artista otorga a la ciudad una segunda naturaleza, ofreciéndonos un negativo utópico, un escenario y no una escenografía, que demanda la presencia humana para la que fue creada pero que tal vez no encuentra en ella espacio para su estar.
Ante el exceso de ciudad los espacios urbanos de Graciela Ieger reclaman para nuestro tránsito otra experiencia, aquella que recuerda lo dicho por Hölderlin: “Pleno de méritos pero es poéticamente como el hombre habita este mundo” .