Luz y perspectiva

Graciela Ieger se ha sentido atraída por el aspecto de la ciudad desde que era una niña cuando por pura curiosidad, acribillaba a su padre con preguntas acerca de calles y edificios .El arte se convirtió en uno de los aspectos más importantes de su vida, pero las calles se mantuvieron siempre como una fuente inextinguible de interés cuando se convirtió en artista. El paisaje urbano se convirtió en su tema favorito, en el que sobresale. Incluso cuando pinta personas, son parte indisoluble de la jungla de cemento.

Ieger escoge las partes visualmente menos atractivas del conglomerado urbano. Edificios abandonados, los escenarios más áridos, sin árboles, menos atractivos, no son precisamente imágenes de postales. Pero su afecto convierte a estas escenas urbanas vacías y sombrías en paisajes urbanos fascinantes. La actividad humana  sólo es sugerida en algunos cuadros en los que incluye algunos vehículos o se ve una persona solitaria caminando.

Lo que hace  estas escenas tan atractivas es que la artista tiene el alma de un poeta que con un  toque mágico  convierte a estos desiertos urbanos en fascinantes mundos, solitarios, intensos. Pero no es sólo el alma poética de la artista lo que los convierte en objetos de belleza y espiritualidad. Ieger tiene dos poderosas herramientas: ella es una amante de la perspectiva y usa la luz con una maestría incomparable, creando delicados estados de ánimo, verdaderamente mágicos. Y con una paleta limitada y discreta que le permite alcanzar en un fantástico atardecer o amanecer efectos visuales dignos de un maestro Flamenco del siglo XVI.